Lo privado, lo público y lo abierto

Lo privado, lo público y lo abierto

Lo privado, lo público y lo abierto

El conocimiento es tan público como queramos.

La historia está  llena de debates en función de lo público y lo privado. La tierra, los descubrimientos científicos, el dinero, y más recientemente por a quién se le atribuye cierto aparato o cierto desarrollo web; sin embargo, en la Sociedad del Conocimiento el gran capital está atado justamente al conocimiento, a la información, los datos, y el debate se traslada de lo material a lo digital.

En 1984 el escritor William Gibson en su novela ‘Neuromante’ acuñó el término ‘ciberespacio’, denotando a través de este el escenario virtual construido a partir de la información disponible en las redes. Pero al crear este nuevo espacio, abrió la puerta, o creó la necesidad, - según la perspectiva - , de generar unos nuevos límites que distinguieran lo público de lo privado en él.

Internet nació  ‘libre’, o en principio se podría entender de esta manera al pensar que la configuración de su código base y su sistema de interconexión no está sujeto a los intereses particulares de un gobierno, una empresa o un grupo científico determinado. Para llenar el vacío del ciberespacio en principio se migraron contenidos del mundo real, luego se generaron contenidos propios, existentes únicamente en la red, todos ellos susceptibles de ser consultados, consumidos y copiados. Entonces empezó el debate.

Del Derecho y la Ciencia Política hemos heredado la noción de que lo privado es aquello que tiene un dueño y lo público es aquello de lo que todos somos propietarios. En lo físico pareciera que esta separación es de sencilla administración, en el mundo de las cosas es fácil etiquetar y restringir el acceso, pero en el mundo digital, a pesar de que es posible generar las mismas etiquetas, la imposición de barreras es compleja, especialmente porque Internet nació bajo el propósito de interconectar e intercambiar información.

Como señala Hanna Arend en relación con lo público y lo privado, según lo analiza Josefina Brown, la esfera pública se relaciona con la visibilidad, la circulación de las ideas, el discurso y la acción; mientras que la esfera privada tiene que ver con lo íntimo, lo oculto y lo de dominio o conocimiento exclusivo. Así, Internet tiene más de público que de privado, pero entonces ¿qué se puede entender como público en la web?

En principio todo aquello que exista en el ciberespacio es público. Desde el momento en que alguien decide subir a la red cualquier información, por ínfima que sea, ésta adquiere un carácter público, aun cuando su propietario espere y configure todo tipo de barreras de privacidad para evitar su circulación abierta. En esta medida, el conocimiento es público y está a disposición de todos los usuarios de la red, de forma indiscriminada e ilimitada.

Pero esta aparente falta de límites resulta incómoda para quienes sustentan su capital en el ejercicio de la propiedad privada, como es el caso de las casas productoras o editoriales, quienes subsisten gracias a un modelo de negocio en el cual el consumo de contenidos está mediado por una transacción económica.

Aquí entra la legislación de propiedad intelectual y derechos de autor como arma contra la ‘piratería’ y sus males. Pero lo cierto es que más allá del reconocimiento de la autoría de un contenido, el principio de la web, y de la Sociedad del Conocimiento, es la capacidad de compartir y construir conjuntamente nueva información que permita el fortalecimiento social.

Para defender este principio, y en oposición directa a las restricciones impuestas por sistemas de regulación de la propiedad intelectual como el Copyright, activistas del mundo digital se empeñaron en desarrollar nuevas normativas que liberaran los contenidos y permitan a cualquier usuario de la web copiar, editar y compartir contenidos, es decir generar conocimiento a partir de las bases fundadas por otros.

Entonces surgió una tercera esfera para en la web: lo abierto. Hasta ahora lo privado se mantiene bajo restricciones, lo público se limita a la circulación, pero lo abierto aparece como la opción para que los usuarios de la web aprovechen los recursos disponibles en ella, desde contenidos multimedia hasta software, para generar nuevos conocimientos, contando con la autorización e incluso motivación de los titulares de los derechos.

El software libre, ‘open data’, las licencias Creative Commons, todos son ejemplos de cómo se organiza lo abierto en el ciberespacio y de cómo se configura una red global que trabaja en pro de la construcción colectiva del conocimiento.

Sin embargo, pese al ideal de libre circulación de los contenidos, en el ciberespacio los datos no solo se entienden como fuente de información, sino que también se ven como ‘data’ comercial, que de forma lícita o ilícita se convierte en la forma en que se configuran identidades digitales asociadas a las preferencias, intereses y gustos, con fuente en las redes sociales.

La privacidad es un tema que atañe a las esferas públicas, privadas y abiertas de la web. El principio de intimidad es transversal a todas ellas y busca proteger la información personal de los individuos, que desde una visión pragmática, no constituyen conocimiento y en consecuencia no deberían hacer parte de la información que circula libremente.

Increíblemente, las redes, incluso las sociales, parten de este principio, y hacen público únicamente aquello que los sujetos decidan publicar. Salvo por un correo electrónico y un nombre de usuario (que ni siquiera deben ser reales), en las redes más populares no se exige la publicación de información, pero tampoco se restringe, por lo que son las personas las que convierten sus datos en información pública, que muchas veces viola su propia privacidad y permiten que en la web se transgredan los límites de público y privado.

Roberta Bosco y Stefano Caldana señalan en Cuando lo privado se hace público que “sorprende la actitud social de aceptación que generan estas violaciones de la intimidad por parte de tecnologías que manejamos cotidianamente, unos atropellos que probablemente nadie pasaría por alto si procedieran de una persona real”. Lo cierto es que en la red circula nuestra información, y todo aquello que se haya publicado, compartido o enviado alguna vez, por más ‘privado’ que se crea, hace parte de la gran masa de datos que habitan el ciberespacio y que, en consecuencia con su sentido público, pueden ser encontrados y usados por quien tenga el interés y el conocimiento técnico necesario.

En el ciberespacio, el conocimiento se configura en tres esferas: lo público, lo privado y lo abierto. Depende de nosotros el uso que le demos a los datos alojados en cada una de ellas.

 

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Adriana Molano

@amolanor

Diectora de contenidos
Corporación Colombia Digital

Especialista en Comunicación y Cultura de FLACSO; estratega de comunicación para proyectos de apropiación tecnológica en áreas empresariales, sociales y culturales. Es Asesora de Comunicaciones y Contenidos para distintos proyectos de la Corporación Colombia Digital.