Esa cosa llamado humano

Esa cosa llamado humano

Esa cosa llamado humano

Internet es donde está todo. Y Google es el que todo lo sabe: tanto, que sabe más de uno mismo que uno. Y hay una guerra en las cosas del Internet: una batalla entre libertad y control.

En una trinchera están los vendedores de humo digital (comerciantes, académicos, geeks, fans, ministros) quienes profesan una fe ciega en la religión de Internet, las redes digitales y las aplicaciones…, y predican que ahora sí todo es posible, mejor, más innovador y democrático: hasta la pobreza, las drogas y las violencias se resuelven con una tableta y un plan de datos.

En el otro frente de ataque están los vendedores de pecado digital (comerciantes, académicos, moralistas, ministros) que quieren controlar la libertad en la red y solo tienen fe en sus jurásicas morales, y que buscan el control por la ley o en nombre de los valores tradicionales. Y entonces predican que por los niños, la familia y el estatu quo, y ante la maldición de la pornografía y por la salud moral de la sociedad…, una tableta o un celular más que una liberación es una perversión.

Geeks de ‘todo es posible’ y moralistas de ‘todo debe controlarse’ están de acuerdo que todo es un problema de la educación: los geeks apuestan porque hay que hacer de las prácticas y procesos de aprendizaje experiencias de libertad creativa, mientras los moralistas afirman que se debe ‘alfabetizar’ a los niños y establecer normas legales y morales de control.

 

El Internet de las Cosas

Y existe el ‘Internet de las Cosas (IoT)’ que según Wikipedia es un concepto que se refiere a la interconexión digital de objetos cotidianos con Internet o cuando las ‘cosas u objetos’ se conectan a Internet para convertirse en información útil.

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El concepto de Internet de las Cosas fue propuesto por Kevin Ashton en el Auto-ID Center del MIT en 1999. Cada cosa, aparato, máquina deberían andar conectados a Internet para saber de su existencia, ubicación, precio y cualidad. O sea, que Internet se encargaría de gestionar la vida de las cosas. Y cuenta Wikipedia que “la empresa estadounidense Cisco ha creado un ‘contador de conexiones’ dinámico que le permite estimar el número de ‘cosas’ conectadas desde julio de 2013 hasta el 2020”. Esto del Internet de las Cosas es una guerra entre la máquina (control) versus el hombre (libertad).

 

La cosa es el hombre

El Internet es, en verdad, acerca de cómo gestionar al ser humano llamado individuo en el mercado de las cosas y las felicidades. Así, la principal cosa que gestiona Internet es el ser humano. Y de él o ella sabe quién es, cómo vive, qué sueña-compra-desea. El Internet se encarga de gestionar a esa cosa llamada humana. Y cada vez mejor: ahora puedes comprar con tu iPhone sin hacer nada: solo poniendo como garantía tu huella digital.

Y es que los humanos somos la cosa más ‘identificada’ y ‘relacionada’ y ‘gestionada’ por el Internet. Él sabe de nosotros nuestros gustos, nuestros consumos, nuestras virtudes y defectos. Nos sigue el rastro: Amazon sabe qué libros nos gustan, Netflix qué películas y series preferimos, Google qué páginas visitamos, YouTube nos selecciona los videos y construye nuestra imagen pública, en Twitter jugamos a tener opinión única, en el selfie intentamos cosificar nuestros momentos y a Facebook le regalamos nuestros deseos. El Internet de las Cosas consiste en administrar la cosa mayor que es el ser humano.

 

La cosa del tiempo

La otra cosa es el tiempo y el espacio. Internet se adueña de nuestro tiempo: nos absorbe los ocios, ocupa los ratos libres, invade los momentos productivos. El tiempo es una cosa que nos gestiona Internet: el tiempo ya no nos pertenece, es de Internet. Y el espacio ya no existe, habitamos la geo-referenciación de la web: ella nos sigue, nos dice dónde estamos y qué hay ahí. Y es más, ya existe Tinder que me dice si en ese espacio-tiempo que habita nuestro wifi o celular hay alguien disponible para el sexo casual o compartir soledades.

Internet y las redes están llenos de cosas: ‘maricaditas’ (aparatos). El celular, el brazo para tomarnos la selfie, la tableta, la go-pro, el portátil, el disco duro, la usb, las aplicaciones, los programas, las protecciones…, y siguen miles de cosas tecnológicas que nos harán cada vez más una cosa humana. Una cosa pero feliz: tener tecnologías es estar más conectado, y estar conectado es ser más feliz, y la felicidad es el producto estrella del capitalismo.

El sexo, los amigos, los gustos, los deseos son cosas que nos gestiona el Internet: somos humanos sujetados al Internet, somos su gran cosa. La paradoja es que somos felices siendo ‘cosas’ porque somos públicos, tenemos visibilidad, existimos en las redes, nos creemos estrellas de nuestra vida y protagonistas de la farándula social. La cosa humana está disponible para ser administrada por el Internet: eso es la felicidad del siglo XXI.

 

Las cosas de la educación

Pero, en la educación el Internet de las Cosas podría ser una maravilla. Establecería relaciones entre conceptos, procesos, maestros, prácticas, saberes y contextos culturales. Imaginemos que tenemos un concepto que enseñar-aprender-comprender-explicar: pongamos que sea democracia, uno de los más abstractos pero potentes para la vida moderna. Y entonces, el Internet relaciona democracia con la vida del estudiante, con sus gustos, sus deseos, sus links y secuencias, su contexto cultural, sus otras asignaturas, sus rituales, sus prácticas educativas y lúdicas. Entonces, todo se conecta y aparecen los vacíos pero también las potencias, y así el concepto tiene sentido para la vida cotidiana y para la vida social y digital del estudiante. Así con cada uno de los saberes básicos desde las ciencias sociales, las artes y los deportes, hasta el coco de la matemática y las ciencias duras. Porque la educación es simplemente la producción de relaciones, contextos y sentidos.

El Internet de las Cosas sería una maravilla educativa si nos permite pasar de las pantallas fragmentos (un estudiante y sus redes: individualismo capitalista) a conexión de pantallas, links, conceptos, contextos, saberes y prácticas (un concepto y sus redes: capitalismo solidario).

El Internet de las Cosas es ideal en la educación en cuanto piensa y actúa en la gestión del sistema de relaciones, conexiones y contextos. Por eso más que meter en el aula el Facebook o la tableta, hay que meter todo el ecosistema de pantallas, aplicaciones y redes para que el proceso de aprender-saber se convierta en una narración extendida, una red de conexiones y contextos, y así, educarse será producir sentidos y no repetir de memoria esa cultura del copy-paste.

El Internet de las Cosas gestiona al ser humano como cosa, pero vaya paradoja, libera a la educación para hacer de esa cosa llamada estudiante un productor autónomo y libre de sentidos.

 

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Omar Rincón

Periodista, académico y ensayista colombiano en temas de periodismo, medios, culturas digitales y comunicación política. Director de la Maestría en Periodismo de la Universidad de los Andes (Colombia), analista de medios para el diario El Tiempo y consultor en comunicación para la Fundación Friedrich Ebert, Latinoamérica. Autor de los ensayos: ‘Los colombianos TAL como somos’, Brasil, tal.tv, 2007; ‘Narrativas mediáticas o como cuenta la sociedad del entretenimiento’; Barcelona, Gedisa, 2006;  ‘Televisión Pública: del consumidor al ciudadano’, Buenos Aires, La Crujía, 2005; ‘Televisión, video y subjetividad’, Buenos Aires, Norma, 2002.