El reto de la Internet de las cosas

El reto de la Internet de las cosas

El reto de la Internet de las cosas

Internet es una enorme máquina que está tomando cuerpo.

 

¿En cuántos mundos vivimos simultáneamente?

A medida que la digitalización lo va invadiendo todo, cuando cada vez son más los espacios y los comportamientos registrados por sensores y dispositivos de vigilancia, cuando pasamos cada vez más tiempo en la red y nuestros clics son rigurosamente censados y convertidos en trazas de nuestras personalidad, queda claro que estamos viviendo (los más y los menos alfabetizados digitalmente) en varios mundos disjuntos. Por un lado el analógico, el de los desplazamientos físicos, el del día a día, el cuerpo y las temporalidades relativamente lentas (por más que vayamos una hora o dos por día a 100km/h en un automóvil y una vez por semana o por mes a 1.000 km/h en un avión); por el otro, ese digital; y, quizás también sin que lo sepamos a ciencia cierta, en un tercero o cuarto mundos como veremos a continuación.

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A diferencia del analógico, en el mundo digital casi todo ocurre a la velocidad de la luz, la búsqueda de cualquier ítem de información sobre millones de páginas se resuelve en segundos, con un poco de sagacidad y otro de paciencia es posible informarnos acerca de casi todo al instante, con ‘programitas ad hoc’ podemos obtener los datos y los resultados más sorprendentes, y con un poco de pericia y de muñeca es posible conectarnos a casi toda la información que alguna vez se generó en el planeta en tan solo instantes. 

 

¿Pero no habrá más?

Ya hace casi medio siglo que existe Internet (tanto la 1. convencional como la 2. universitaria y de investigación de alta velocidad) y un poco más de dos décadas desde que la Web se ha poblado de todo tipo de especies mediáticas, hasta que hace pocos días asistimos a la creación de su página número 1.000 millones.

Sin embargo (porque convivimos en varios mundos tecnoculturales), sentimos una enorme distancia entre los usos que hacemos actualmente de la red a nivel masivo (distintos son los experimentos, los usos de nicho, o las prestaciones de servicios ‘high-tech’ ya sea en los países del Norte, ya sea en algunas comunidades de punta), y los que imaginamos que podríamos hacer.

Ciertos videos en YouTube, algunas noticias que nos vienen de la frontera tecnológica, comentarios que cada tanto hace el periodismo especializado en nuevas tecnologías, y algunas noticias que cada tanto se filtran a la prensa generalizada, insinúan un futuro muy distinto al que estamos viviendo en el día a día, donde y cuando la tecnología podría llegar a cambiar prácticas ancestrales convirtiéndolas en un paraíso ‘high-tech’ o en una pesadilla ídem.

 

La libertad de crear el mundo en el que vivimos

Entre esos futuros muy diferentes de los usos actuales de la tecnología tenemos a la Internet de las cosas. Una fase superior de Internet que habiendo nacido para conectar personas a través de máquinas, ahora empieza a mostrar un tráfico significativo (al menos un 12% del total), con máquinas que hablan entre ellas para cumplir una tarea sin necesitar de los humanos. Estamos hablando de una Internet poblada por objetos, identificados y capaces de conectarse e intercambiar información sin asistencia humana.

Uno de los pioneros en el tema fue Neil Gershenfeld, del MIT, que ya en el prehistórico año 1999, publicó ‘Cuando las cosas empiecen a pensar’, anunciando que las mesas, las paredes y hasta los lavabos serían inteligentes y podrían procesar información y enviarla a través de Internet.

Su grupo de investigación del MIT organizado alrededor del Centro para los Átomos y los Bits quería hacer realidad la computación ubicua, pero sin ordenadores. Nada de pantallas, teclados ni botones; sólo estar rodeado de cosas bellas y ayudar a resolver los problemas del medio ambiente. Su objetivo era integrar los ordenadores en todos los objetos de tal forma que, al final, acabaran desapareciendo.

En vez de miniaturizar chips, el equipo de Gersenfeld trabajaba en programas informáticos que interactuaban con expresiones biológicas, para que pudieran llegar a sintetizar máquinas moleculares. Así, cualquier cosa podría ser una computadora. Al mismo tiempo, investigaban con usuarios poco habituales de las PC para entender sus necesidades, usando etiquetas identificativas que se comunican con otras etiquetas en los envases de los medicamentos y le recuerdan a los ancianos qué tomar y cuándo.

En el año 2007 Gershenfeld volvió a la carga con una obra que preanunciría mucho de lo que está ocurriendo hoy con la Internet de las personas. Se trató de ‘FAB: The Coming Revolution on Your Desktop: from Personal Computers to Personal Fabrication’, que además de etiquetar a los objetos, esta vez se proponía construirlos caseramente, con una máquina que combina la electrónica de consumo y herramientas industriales. Fabricantes personales están a punto de revolucionar el mundo tal como las computadoras personales lo hicieron hace una generación, y ‘Fab’ nos muestra cómo hacerlo.

Astutamente Gershenfeld cree que hay que "diferenciar el largo plazo y los sorprendentes pasos que se dan a corto plazo”. Y explícitamente muestra el carácter político de su propuesta. Porque según él solo saldremos del dilema tecnofobia vs tecnomiopía no cuando nos eduquemos mejor (incluyendo cuando exista la programación para todos), sino cuando la gente pueda crear tecnología por sí misma.

El proyecto de Gershenfeld denominado ‘Internet 0’ es la encarnación más interesante hasta el momento de la Internet de las Cosas. ¿Cómo empezó todo, de dónde viene ese nombre, qué vínculo tiene todo esto con la Internet de alta velocidad que (a veces) usamos a diario?

 

La Internet de las Cosas

Técnicamente Internet de las Cosas (IoT, por sus siglas en inglés) es un concepto que se refiere a la interconexión digital de objetos cotidianos con Internet. El concepto de Internet de las Cosas fue propuesto por Kevin Ashton del MIT en 1999, donde se realizaban investigaciones en el campo de la identificación por radiofrecuencia en red (RFID) y tecnologías de sensores.

Si los libros, medicinas, televisores, partes automotrices, etc., estuvieran conectados a Internet y equipados con dispositivos de identificación, no existirían, en teoría, cosas fuera de stock o medicinas faltantes o caducadas, sabríamos exactamente la ubicación y cómo se consumen y compran productos en todo el mundo.

La Internet de las Cosas debería codificar de 50 a 100.000 millones de objetos y seguir el movimiento de éstos; se calcula que todo ser humano está rodeado de por lo menos 1.000 a 5.000 objetos.

En noviembre de 2005 la Unión Internacional de las Telecomunicaciones (ITU), una agencia de Naciones Unidas, presentó su informe sobre el Internet de las Cosas. "El próximo paso es integrar cosas en una red de comunicación. Ésta es la visión de una verdadera red ubicua: en cualquier lugar, a cualquier hora, por cualquier persona y con cualquier cosa". Y las cuatro tecnologías que enumeraba para hacerlo posible eran las etiquetas de identificación por radiofrecuencia (RFID), los sensores inalámbricos, la inteligencia embebida y la nanotecnología. 

 

Implicancias y diseño especulativo

Hay mucho para discutir acerca de la implementación, los costos, la necesidad de estos desarrollos y las dudas (apocalípticas) que genera una red cuasi-viva que conoce la ‘historia’ de todos los objetos, y que en apariencia no es controlada por ningún humano.

Además, siendo realistas, realistamente la domótica (conjunto de sistemas capaces de automatizar una vivienda), la aplicación más prometedora de la Internet de las Cosas,no ha avanzado demasiado hasta hoy. ¿Porqué deberíamos suponer que las promesas de Gershenfeld y tantos otros proponentes de esta nueva faz de la red finalmente se cumplirán?

Si miramos atentamente el video de Kevin Kelly con que comenzamos esta nota nos encontraremos con tres observaciones que auguran un gran futuro a la Internet de las Cosas. Primero, algo que estamos aprendiendo de esta era, de los primeros 5.000 días de la Internet 1 y 2, que se cumplieron en 2007, es que debemos mejorar nuestra capacidad para abrazar lo imposible, por que no estamos preparados para eso.

Kevin Kelly muestra que la red en su conjunto (y 7 años más tarde de su charla casi todos sus vaticinios se han cumplido), es decir, la Internet 1 y 2, es UNA enorme máquina que está tomando cuerpo. Eso es lo que está ocurriendo en estos segundos 5.000 días — de los cuales ya se han cumplido la mitad –.

La segunda cosa que estamos haciendo es reestructurando su arquitectura. Tercero, seremos completamente co-dependientes de la red,y ello en gran parte gracias a la ‘Internet 0’, aquella de las cosas.

Estamos invirtiendo la máxima de McLuhan para quien, "las máquinas son extensiones de los sentidos humanos”. Según Kelly (y en esta misma dirección va la Internet de la Cosas), "los humanos ahora somos los sentidos extendidos de las máquinas”.

Por lo tanto, la Internet de las Cosas (la ‘Internet 0’ aunque haya llegado después que las otras dos), nos obliga a pensar no solo en ‘"la Weby un poco mejor’," sino en una nueva etapa de desarrollo de la cognición humana.

La combinación de ‘Internet 0’, 1 y 2 es ‘"Uno’," o como queramos llamarla. Lo que vemos aparecer es una unidad de alguna clase que está comenzando a emerger. No caeremos aquí en las trampas de la ciencia ficción, no diremos que tiene conciencia,. pero síi tenemos que admitir que la Internet de las Cosas va mucho más allá de conectar cacharros. Es una nueva etapa del desarrollo de la conciencia humana y a la altura de este desafío deberemos estar,. tanto en la teoría como en la acción.

 

 

 

 


Referencias

- Symplio. 5 + 5 vídeos de Internet de las Cosas.
- Chauvin, Silvia. Internet de los Objetos: Grandes Oportunidades Para Emprendedores.
- Gershenfeld, Neil. Cuando las cosas empiecen a pensar. Barcelona, Granica, 1999.
- Gershenfeld, Neil. Fab: The Coming Revolution on Your Desktop--from Personal Computers to Personal Fabrication. New York, Basic Books, 2007.
- Kelly, Kevin. The next 5,000 days of the Web. Video TED, 2007.

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Alejandro Piscitelli

@piscitelli

Nació en Buenos Aires. Con formación en filosofía, sistemas y ciencias sociales. Actualmente es director del TadeoLab, laboratorio de innovación de la Universidad Tadeo Lozano. Profesor Titular de Humanidades Digitales en la Universidad de Buenos Aires, ha publicado numerosos libros entre los que se destacan 'Nativos Digitales' (2009) y 'El paréntesis de Gutenberg' (2011).