“Yo quiero tener un millón de amigos”

“Yo quiero tener un millón de amigos”

El eterno parloteo en las redes sociales sigue evidenciando la necesidad de los usuarios por expresarse, en ocasiones excesivamente.

Desde cuando el furor de las redes sociales invadió el espectro de la Web 2.0, ha tomado más vigencia aquella canción del brasileño Roberto Carlos, en la cual se hace una petición muy humana, pero irreal a la hora de entablar relaciones humanas: "Yo quiero tener un millón de amigos...".

En 1974, año en que el cantautor presentó al mundo esta petición, seguramente nunca pensó que muchos años más tarde —aunque no demasiados— cualquier individuo podría tener millones de amigos a lo largo y ancho del planeta a través de Facebook, Twitter, Instagram, Tuenti y un montón de recursos TIC, que han logrado cumplir la extraña solicitud de aquella canción.

En esa búsqueda de amigos también se ha generado un afán protagónico y de reconocimiento en estos espacios virtuales, donde al final de cuentas termina siendo una incubadora en el manejo de las emociones; las cuales se traducen como reacciones psicofisiológicas que representan modos de adaptación a ciertos estímulos del ser humano cuando ve algo, vive una situación o comparte con una persona especial. Las emociones están en cada ser humano desde su concepción.

Algunos especialistas en el tema de las emociones manifiestan que hay que emplear prácticas de crianza que permitan educar el conjunto de habilidades emocionales necesarias para no permitir que éstas se desborden ni se repriman. Es decir que si le pegamos una ojeada a las redes sociales, seguramente encontraremos a muchos personas desbordadas en emociones, pero negadas a controlarlas inteligentemente. Simplemente lea foros, hable de fútbol o de política, diga algo que no le guste al resto y comprobará que de inteligencia emocional en las redes pocón, pocón. 

Para que el poder de la inteligencia emocional actúe hay que conocer, identificar y administrar bien nuestras emociones. Siempre hay que tener presente que su poder, la manera cómo influye en el proceso de aprendizaje y las herramientas que da para la vida de una persona define cuando el individuo acepta, comprende y gestiona sus propias emociones permitiendo comunicarlas y evidenciarlas desde el autocontrol y el autoconocimiento, evitando mensajes irracionales dominados por emociones negativas. Y por otro lado, comprender y aceptar las emociones ajenas, también permite adaptar el mensaje.

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Para Daniel Goleman, nominado dos veces al Premio Pulitzer y uno de los hombres más conocedores del tema, la inteligencia va mucho más allá de la simple medición de aptitudes intelectuales porque incluye un factor fundamental: la empatía con los demás, clave para reconocer los estados de ánimo propios y ajenos para manejar la inteligencia emocional, convirtiéndose en un catalizador para afrontar distintas situaciones de la vida de la mejor forma.

Y querámoslo o no, las redes sociales, los blogs y otros sitios en Internet permiten que las personas expresen libremente lo que sienten y piensan en sus perfiles personales. ¿Pero hasta qué punto es prudente revelar todos los detalles de nuestras vidas?, ¿hasta qué punto es bueno crear una careta digital para "explotar nuestras emociones", inconformidades o vacíos?

La variedad de manifestaciones y exposición de emociones que se encuentran en estas plataformas nos presentan un cuadro muy particular: los sabiondos instalados en las poltronas, francotiradores a mansalva y sobre-seguros, jueces sin rostro, defensores de derechos humanos que maltratan, voceros que defienden la diferencia pero insultan al que piensa distinto, personajes que disparan dardos con la misma destreza con que se sirven el otro y se les nubla la razón enturbiándoseles la vista, los melodramáticos, los hipocondriacos, los pantalleros, los que viven en show (conocí un personaje que contaba su drama de empacar maletas cada vez que viajaba, con la única intención de decirle al resto del mundo que iba a viajar). El que informa en qué sitio esta, a qué reunión entra, dónde almuerza y los peores de todos, los que se sienten dueños de la verdad, porque son de esos expertos en fútbol que no ven nada más que el balón y no entienden de espacios ni de movimientos, ni de estructuras, pero son dueños de una camiseta y si no se piensa como ellos, es un delito.

Aunque parece que la situación relatada en al anterior fragmento es aburrida y desnaturalizada, es sano que se viva y se desarrolle un espacio emocional para confrontar y confrontarse, ya que la fascinación por la comunicación constante, por la velocidad de la luz, por el plasma que pasma, son posibilidades que nos permiten ser y expresarnos como los individuos que integramos a esta sociedad en constante cambio.

Lo ideal es que esas emociones fueran manejadas por el cerebro social el cual parte del descubrimiento de las neuronas espejos, que tienen la función de una onda Wifi, es decir, de conectarse con otros cerebros para crear puentes entre las emociones de dos personas...o sea con inteligencia, respeto y conciencia responsable de los que se dice y se hace.

Aunque muchas veces seguramente nuestras propias emociones nos espantan y ganan, es sano desconectarse por momentos, vivir la cierta lentitud de la realidad y aceptar que todo el saber no está en un solo sitio a segundos de distancia; que aún es humano y emocionante saber que no todo se sabe y que también se puede estar equivocado; que encontrarse con un amigo —un amigo de verdad— y demorar varias horas en ponerse al día es refrescante.

Las cárceles están llenas de personas que no supieron manejar sus emociones y las redes sociales están llenas de hordas de desadaptados que las visitan como excusa para descargar sus fracasos en el prójimo.

Las emociones en las redes están viviendo horas de negación, de ira y de negociación. Nada de esto ha funcionado y ha llevado a que se viva en una constante depresión. Pero le falta un paso, nada más, para que realmente las emociones sean bien vividas, le falta solamente aceptar que los tiempos cambiaron y que para vivir hay que guardar la compostura digital.

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Álvaro Rodríguez

@LosCuernos

Consultor en temas de apropiación social y educativa de las TIC.  Docente de formación, autodidacta y explorador de las nuevas tecnologías. Crítico en temas de política, fútbol y educación.