Verdad y emociones en las redes sociales

Verdad y emociones en las redes sociales

Verdad y emociones en las redes sociales

Dicen que los niños y los borrachos dicen la verdad, entre otras cosas, porque cuando hablan, lo hacen "en caliente", sin medir las consecuencias de sus palabras.

El famoso cuento de Hans Christian Andersen (Dinamarca, El traje nuevo del Emperador) ilustra el caso de un niño que dice la verdad cuando los súbditos del rey, aduladores, le alaban el vestido que, supuestamente, lleva puesto: "Pero si va desnudo", dice el niño y todos reconocen que está en lo cierto.

Los borrachos, cuando están en proceso de desintoxicación (guayabo, cruda, resaca, ratón), se arrepienten de lo que hicieron y dijeron a la víspera y caen presa del pánico si se percatan de tener "lagunas", es decir, espacios en los que no recuerdan nada acerca de sus actos. No saben si actuaron en forma indebida, si fueron francos en exceso, si ofendieron a alguien.

¿Transmiten las redes sociales las emociones?, ¿se expresan las personas como el niño del cuento de Andersen, es decir, diciendo la verdad?, ¿mostrando sus emociones?

No hay una respuesta única. La posibilidad de contar con un tiempo de reflexión antes de oprimir el comando "enviar" remitiendo un mensaje, permite modular las emociones y expresar, al menos en teoría, ideas en forma serena. Alegría y tristeza son emociones que pueden expresarse de tal forma. Sin embargo, alrededor de emociones como la ira, justamente el hecho de poder expresarla a través de las redes de manera inmediata, hace posible que, a muchos, se les escape la emoción en caliente, con algunos epítetos de más.

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Lo anterior no ocurre solo en campos propicios a las pasiones como la política, la religión, el fútbol o la orientación sexual. Sucede alrededor de los debates sobre gustos alrededor de los temas más banales. Puede tratarse de preferencias musicales o de votaciones por el rating de alguna telenovela.

No solo escribir "en caliente" en medios digitales se asocia a la transmisión de emociones. Con frecuencia, el anonimato permite el despliegue de una cultura proclive a la agresión de parte, por ejemplo, de comentaristas de columnas de opinión. En países latinoamericanos, particularmente en Colombia, el nivel de agresividad es, con frecuencia, sistemático y premeditado. El uso de lenguaje desobligante pareciera mostrar emociones, cuando, en realidad, se trata de flagrante agresión encubierta en el anonimato.

Dos comentarios sobre un artículo de Aural Lucía Mera (1.4.14) en El Espectador ("Lectura Obligatoria"):

"Señora Mera, está usted haciendo bien su encargo de hacer propaganda a sus más admirados mamertos que a como dé lugar quieren seguir posando de defensores de víctimas mientras sus secuaces siguen cometiendo toda clase crímenes, de atentados, asesinatos, secuestros, reclutando niños, narcotraficando o están de vacaciones en la Habana, haciendo lo único que saben hacer: anarquizar y presionar a las instituciones aprovechando la flaqueza de santos, empeñado en su embeleco de las conversaciones (concesiones más bien) de paz".

Y una reacción a este comentario:

"Y usted Gonzalvo aparentemente posa de ciudadano de bien pero es otra gonorrea ultraderechista que considera que las masacres paramilitares y el despojo de tierras fue un mal necesario.- Degenerados hijos de puta qué clase de paí".

Más allá de lo que las personas exhíben en sus mensajes en Facebook, Twitter o Youtube, lo que realmente ocupa un espacio inmenso en nuestras emociones son nuestras reacciones a mensajes con alto contenido emocional. Son lanzados en determinadas circunstancias, por personas u organizaciones, con más o menos premeditación de parte de quiénes emiten los mensajes. La búsqueda de viralidad juega, permanentemente, con nuestras emociones. Y, desde luego, caemos en la trampa, contribuyendo a dicha viralidad.

En un reciente artículo, Mosiés Naím (El País de España, marzo 30 de 2014, Muchas protestas, pocos cambios), cuenta acerca del experimento que el profesor danés Anders Coldong-Jørgensen se inventó sobre la plaza de la Cigüeña que iba a ser demolida (en Copenhaguen). Creó un grupo en Facebook y, al cabo de pocos días, tenía más de 10.000 seguidores indignados. Todo edificado sobre la fragilidad de una burbuja.

Así, finalmente, vale la pena tomarse tan solo unos segundos antes de reaccionar frente a los mensajes que tocan nuestras emociones. Igualmente, cuando queramos, por propia iniciativa, expresar una opinión. No se trata de suprimir, en estos casos, las emociones, sino de expresarlas en forma serena.

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Rafael Orduz

Doctor en Ciencias Económicas de la Universidad de Gottingen en Alemania Federal. Académico y analista económico y de tendencias digitales, se ha desempeñado como Presiente de la Empresa de Telecomunicaciones de Bogotá y Viceministro de Educación. Fue Director Ejecutivo de la Corporación Colombia Digital.