El diseño del pensamiento

El diseño del pensamiento

El diseño del pensamiento

Programar parecía ser un asunto de currículo escolar o planeación estratégica. Pero, en el siglo XXI significa habitar el lenguaje, hablar de las tecnologías, encontrar las posibilidades narrativas y estéticas del nuevo mundo; contar en el mundo de las culturas digitales.

Wittgenstein dijo que "habitamos la casa del lenguaje" y hoy el lenguaje es la programación. Programar significa en televisión poner un programa después del otro. En la vida del mercado se traduce a planificar para ahorrar tiempos, ganar eficiencia y productividad. En la escuela es diseñar las secuencias de aprendizajes. Y en la vida implica renunciar a las libertades para ganar seguridades.

Uno nace y lo programan para ser alguien. En la educación lo programan para obedecer, a aprender de memoria y a ser productivo para la sociedad. Las relaciones de poder lo programan para obedecer (los pobres) y mandar (los ricos).

La industria del entretenimiento lo lleva a uno a programar los goces y las felicidades llamadas vacaciones, parques temáticos, conciertos, eventos. Uno es el dueño de su felicidad programada.

El mercado es programar ganancias, minimizar gastos, exhibir resultados. Somos los sujetos programados y lo hacemos felices porque no habitamos el lenguaje: la programación.

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Programar en las culturas digitales da cuenta de la creación "electrónica" del mensaje; de hablar, de escribir y de crear en un lenguaje. Intervenir las máquinas, profundizar las pantallas, atravesar las visualidades. Programar en lo digital significa, sobre todo, proyectar-diseñar los modos de pensar, las lógicas de narración y reflexión, las estéticas de la vida contemporánea.

Y es que si no hablamos el lenguaje, no podemos crear, ni expresarnos ni intervenir el mundo. Por ahora habitamos la fe en las pantallas; nos dicen que hay que seguir la lógica Mac o Microsoft y la seguimos. Nos dicen que hay que jugar con las aplicaciones diseñadas, y jugamos. Pensamos que la tecnología es neutra, y no, es ideológica (crea mundos de vida) y es lógica (diseña modos de pensar y narrar).

Narramos y pensamos como las tecnologías que usamos. Ellas nos dirigen, nos formatean los modos de narrar y pensar. Uno termina pensando como Google: buscamos con sus algoritmos, compramos como Amazon o Netflix, ellos saben lo que nos gusta. Somos rebeldes de YouTube, curadores de Instagram, subjetividades de Facebook. Lo paradójico es que nos sentimos libres de ser como queremos ser, solo que somos como los programas (sus recorridos, sus inter-relaciones, sus conexiones) que usamos. Somos creyentes de aparatos "dioses" y nuestra fe está en creer en que somos libres cuando estamos siendo formateados por su software.

Lo peor es que pensamos que eso es neutro y no. Somos pensamiento Mac (seguimos sus lógicas de diseño), somos burocracia Microsoft (seguimos su exceso de fórmulas y pasos), somos emoción Facebook (seguimos sus exhibicionismos del yo), somos irreverencia Youtube (toda libertad se diluye en menos de tres minutos). No estamos en tecnologías, somos su programación, su relato, su algoritmo de pensar, buscar, crear, imaginar. Somos los esclavos de los programadores negociantes.

Entonces nos queda solo un único camino, o aprendemos a programar para habitar el lenguaje digital y crear nuestros propios mensajes, relatos, imágenes, subjetividades... o seremos esclavos de la programación de otros. Solo si aprendemos a programar, sabremos intervenir las máquinas digitales para disputarle sus lógicas y ensoñaciones. Aprender el lenguaje (programar) es el comienzo de la liberación de las mentes.

Y el más radical es practicar la cultura libre, esa del creative commons, esa del software libre. Esta cultura libre nos obliga a crear nuestros propios destinos y a hacerlo de manera colaborativa; buscando ser más los colectivos creativos y menos los súbditos individualizados. La cultura libre nos saca de aquella (cultura) de comprar licencias y lógicas, nos invita a compartir lo que sabemos (porque lo que sabemos, lo sabemos entre todos), y nos hace habitantes de experiencias donde más que pagar por consumir, creamos para innovar y crear.

Programar hoy es habitar la cultura libre. Y ésta dice así en su manifiesto (http://www.cultura-libre.org/quienes-somos-2/):

  1. Promovemos el uso de licencias libres. Somos una nueva idea, un ambicioso proyecto que aspira a servir de herramienta y estímulo para todos aquellos creadores que trabajan bajo nuevos códigos y que desean controlar al máximo la forma y el modo en que difunden su obra.
  2. El Copyright no nos sirve. Nuestro campo de batalla es la cultura y la creación en un sentido amplio.
  3. Frank Zappa captó el mensaje: "Arrebatad el poder a los viejos", dijo. Por esa misma razón rechazamos un modelo obsoleto, unas entidades de gestión de los derechos de autor llenas de "viejos" (viejas ideas, viejas prácticas, viejos negocios).
  4. Más que una gestión más racional de los derechos de autor, a lo que hay que tender es a nuevos modelos.
  5. Es posible ganarse la vida éticamente sin empañar el sueño, con menos intermediarios, con nuevas licencias y, por supuesto, sin "representantes forzosos" de los artistas.
  6. Cada día hay más y más gente aplicando nuevas tecnologías y estrategias para difundir su obra.
  7. Saludamos a nuestros aliados. Su soledad es ahora una multitud de voces: Zemos98, X.net, el Festival BccN de cine, el documental en desarrollo 15M.cc, los programas de radio Intangible23 o comunes, Bookcamping, Traficantes de Sueños y tantos otros. Seguid así: Stéphane M. Grueso, Belén Gopegui, los autores que han participado en el libro colectivo Creative Commons "CT o la Cultura de la Transición", proyectos como la Fundación Robo, grupos musicales como Pony Bravo, Kerobia o Lisabö. Os leemos. Os escuchamos. Os imitamos. Nos inspiráis.
  8. No al canon. Cada día, fluyen correos electrónicos en la Red, llegan faxes a algunos despachos, hay llamadas que exigen que no recauden por lo que no les pertenece.
  9. Una remuneración justa a las personas que crean, posibilitando el libre acceso a sus obras si no hay ánimo de lucro (licencias libres = nuevas mentalidades en los procesos creativos). Al mismo tiempo, es importante el libre acceso a la cultura y el conocimiento.
  10. No podemos aguantar las ganas de remover todo, de crear debate, de repensarlo todo.

Paradoxical end. Programamos y hablamos el lenguaje de la cultura digital; o seguiremos siendo los súbditos de una fe en el billete llamada Microsoft, Apple, Propiedad intelectual. Programar es ser libres y pensar con la propia cabeza.

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Omar Rincón

Periodista, académico y ensayista colombiano en temas de periodismo, medios, culturas digitales y comunicación política. Director de la Maestría en Periodismo de la Universidad de los Andes (Colombia), analista de medios para el diario El Tiempo y consultor en comunicación para la Fundación Friedrich Ebert, Latinoamérica. Autor de los ensayos: ‘Los colombianos TAL como somos’, Brasil, tal.tv, 2007; ‘Narrativas mediáticas o como cuenta la sociedad del entretenimiento’; Barcelona, Gedisa, 2006;  ‘Televisión Pública: del consumidor al ciudadano’, Buenos Aires, La Crujía, 2005; ‘Televisión, video y subjetividad’, Buenos Aires, Norma, 2002.